El Palacio de Longoria

El palacio de Longoria (1902-1904) es, sin duda, el ejemplar más célebre del modernismo madrileño. Fue mandado construir por un adinerado burgués, el banquero Javier González Longoria, que pretendía instalar su vivienda privada y la sede de su negocio. Para ello recurrió al arquitecto José Grases Riera –de origen catalán, aunque afincado en Madrid desde finales del siglo XIX– cuya trayectoria, donde se incluye el popular Monumento a Alfonso XII en el parque del Retiro, representa una de las mejores manifestaciones de la tendencia cosmopolita del eclecticismo, característico en buena parte de la arquitectura madrileña de aquella época.

El Palacio de LongoriaFrente a sus obras más tradicionales, Grases proyectó un edificio muy singular y novedoso, que exhibe precozmente una profusa decoración modernista inspirada en el art nouveau francés (sinuosidades naturalistas, flores variadas, cabezas femeninas, formas orgánicas diversas, etc.). Este peculiar giro en los fundamentos estilísticos del autor debe vincularse, además de a la influencia de las nuevas modas, a los deseos del propietario. Pero toda la exuberante ornamentación modernista, aplicada como un revestimiento decorativo, prende sobre unos volúmenes que responden a criterios convencionales (esencialmente eclécticos), manifiestos tanto en la planta del edificio (en forma de L con la clásica rotonda en la esquina) como en el sistema constructivo mixto (muros de carga con forjados de vigas y bovedillas) y en la composición de los alzados (simétricos y rematados por un ático en forma de mansarda).

No obstante, el protagonismo visual recae absolutamente en la decoración de la fachada principal, realzada por un patio inglés cerrado con una bella verja de forja, que tras su última restauración ha recuperado lo mejor de su sugestiva apariencia. Junto a ello, debe mencionarse la inclusión en el ático de azulejos cerámicos con piezas irregulares, que recuerdan al original trencadís creado por Antoni Gaudí, así como la singularidad de la fachada trasera donde, junto a otros muchos detalles, llaman la atención unos curiosos soportes en forma de palmera.

En el interior, se distingue por méritos propios la soberbia escalera principal, una de las más brillantes piezas del modernismo español, cuya admirable combinación de hierro (armadura), bronce (barandillas), mármol (escalones), yeso (relieves) y vidrio (cúpula) sigue la concepción modernista de integración de todas las artes. Trazada a partir de unos diseños extraordinaria calidad, la escalinata configura una espectacular escenografía iluminada cenitalmente por una hermosa vidriera. En una labor de tal magnificencia y complejidad Grases debió contar con la colaboración de artesanos muy cualificados, pero desgraciadamente ignoramos sus nombres.

El señor González Longoria poseyó el palacio muy poco tiempo, ya que en 1912, por encargo de su nuevo propietario el dentista Florestán Aguilar, el arquitecto municipal Francisco García Nava realizó unas obras de reforma en las que introdujo algunos elementos nuevos.

Por todas sus cualidades arquitectónicas y artísticas el edificio fue declarado en 1996 Bien de Interés Cultural con la categoría de Monumento.
Oscar da Rocha y Ricardo Muñoz: Madrid modernista: guía de arquitectura.