Luis Buñuel en la Residencia de Estudiantes

En sus memorias «Mi último suspiro» (1982), Luis Buñuel describe sus años en la Residencia de Estudiantes:

Yo no había estado en Madrid más que una vez, con mi padre, por pocos días. Cuando volví, en 1917, con mis padres, para buscar un lugar donde continuar mis estudios, al principio me sentía paralizado por mi provincianismo. Observaba discretamente cómo se vestía y se comportaba la gente, para imitarla. Aún recuerdo a mi padre, con su sombrero de paja, dándome explicaciones en voz alta en la calle Alcalá y señalando con el bastón. Yo, con las manos en los bolsillos, miraba para otro lado, como si no fuera con él.

Visitamos varias pensiones madrileñas de tipo clásico, en las que todos los días se comía el cocido a la madrileña, con garbanzos, patatas, tocino, chorizo y, a veces, una tajada de carne o pollo. Mi padre no quiso ni oír hablar de dejarme allí y mucho menos por cuanto temía que hubiera en ellas cierta libertad de costumbres.

Finalmente, gracias a la recomendación de un senador, don Bartolomé Estaban, me inscribieron en la Residencia de Estudiantes, donde permanecería siete años. Mis recuerdos de aquella época son tan ricos y vívidos, que puedo asegurar sin temor a equivocarme que, de no haber pasado por la Residencia, mi vida habría sido muy diferente.

La Residencia era una especie de campus universitario a la inglesa y no costaba más que siete pesetas al día en habitación individual y cuatro pesetas en habitación doble. Mis padres pagaban la pensión y, además, me daban veinte pesetas a la semana para mis gastos, suma bastante considerable que, no obstante, casi nunca me alcanzaba. Cada vez que iba a Zaragoza de vacaciones, pedía a mi madre que encargara al administrador que pagara las deudas acumuladas durante el trimestre. Mi padre nunca se enteró.

El director de la Residencia era don Alberto Jiménez, un malagueño de gran cultura. En ella se podía preparar cualquier asignatura y contaba con salas de conferencias, cinco laboratorios, una biblioteca y varios campos de deportes. Uno podía quedarse todo el tiempo que quisiera y cambiar de disciplina durante el curso.

Cuando, antes de salir de Zaragoza, mi padre me preguntó qué quería ser, yo, que no deseaba más que marcharme de España, le contesté que mi mayor ilusión sería hacerme compositor e irme a París a estudiar en la Schola Cantorum. No rotundo de mi padre. Lo que a mí me convenía era una profesión seria, y todo el mundo sabe que los compositores se mueren de hambre.

Entonces le hable de mi afición a las Ciencias Naturales y a la Entomología. «Hazte ingeniero agrónomo», me aconsejó. De manera que empecé a estudiar para ingeniero agrónomo. Por desgracia, aunque era el primero en Biología, suspendí las Matemáticas durante tres cursos consecutivos. Siempre me he extraviado en pensamientos abstractos, Ciertas verdades matemáticas me saltaban a la vista, pero era incapaz de seguir y reproducir los meandros de una demostración.

(…) Fue también en la Residencia donde cobré afición a los deportes. Cada mañana, con calzón corto y descalzo, incluso con el suelo cubierto de escarcha, corría por un campo de entrenamiento de la Caballería de la Guardia Civil. Fundé el equipo de atletismo del colegio, que tomó parte en varios torneos universitarios, y hasta practiqué el boxeo amateur. En total, no disputé más que dos combates. Uno lo gané por incomparecencia del contrincante y el otro lo perdí por puntos en cinco asaltos, por falta de combatividad. En realidad, yo no pensaba más que en protegerme la cara.

Cualquier ejercicio me parecía bueno. Hasta escalé la fachada de la Residencia.

Imagen: Estudiantes en el Pabellón Transatlántico de la Residencia, c. 1920.
(http://www.residencia.csic.es)

La Residencia de Estudiantes forma parta de la ruta La Edad de Plata: del regionalismo a la modernidad